El polvo de las calles de mi barrio me es indiferente. Tanto polvo
cotidiano termina por banalizarse, por volverse invisible.
El polvo que piso cada mañana al salir de casa se vuelve mi capa de
invisibilidad, como la del enano ese que sale en no sé cuál película de elfos y
otros seres culeros.
Otro día más en mi barrio, o mejor dicho: otra vez me tengo que largar
de mi casa a tiempo para tomar la pinche camioneta y no llegar tarde, sino el
jefe me chinga. Pero esta mañana, no sé, el polvo era diferente. Lo volví a
ver, me di cuenta que existía, que vivía en un pinche barrio sucio. «Humilde morada», dicen los ricachones
para hablar de nuestra mierda. Humilde serán los pelos…
Soy empleado en una pequeña carreta en el centro de la capital. El Churrasic Park, donde los abogángsters y otros oficios de rateros
confluyen al medio día. Taquitos, chuchitos, mixtas y shucos, a eso me dedico yo. Y mi jefe me empleó más por pena que
por mis capacidades culinarias. Pero bueno, le hago huevos, me gano mis
centavitos sin tener que bolsear a mis compañeros de miseria en los buses. Por
cierto, en el camión me acordé que hoy me pagaban. Cuando me puse detrás de la
parrilla esta mañana, estaba feliz, ya iba a poder saldar la deuda con el
coyote. Ya podré volver a probar suerte para irme a los Esteits.
Después de servir un número incontable de comida a esos panzones –la
corbata les quedaba ridícula sobre los botones rotos de sus camisas–, mi jefe
me pagó en efectivo, sólo billetes de cien. Cada momento me acerca más al american drim. Pobre jefe, de seguro se
va a poner tristón cuando le diga que me tengo que ir al norte, nadie le
contará chistes ni le hará reflexiones estúpidas sobre los abogángsters o las secretarias todas desalineadas. Ojalá me
perdone.
Al subirme al bus para regresar bajo los muros con hoyos de mi casa,
quise meter una parte del dinero en mis calcetines y otra en un bolsillo
escondido de mi pantalón –el pantalón del día de pago, edición limitada made by mi abuelita–, pero vi a un cerote observándome de lejos. De seguro es un largo, me dije. No me dio tiempo y tuve
que meter todo el billete en mi bolsillo normal. Sufrí en el camino viendo para
atrás sin cesar, y seguía el tipo ahí, con su capucha puesta sobre la cabeza.
Ya cuando vi que iba a sacar la pistola, empezó a hacer la típica predicación
antes de asaltar. Los ojos de todas las doñas y viejos se exorbitaron. Una
muchacha inclinó la cabeza, como lamentándose o diciéndose «otra vez me pasa esto». Y ni lo pensé dos veces, por algo me puse a la par de la puerta de
salida de la camioneta, y zum, salté sobre la calle, casi me aventó un
motorista. Me escondí en una cantina de mala muerte mientras llegaba el otro
bus.
Al final me bajé en la avenida cerca de mi casa, bien pavimentada y
alegre, pero siempre con el miedo y el corazón a mil por hora. Pero al mismo
tiempo ya sentía que me iba acercando a las chicas en bikini de Mayami.
Una calle antes de llegar a mi covacha, sentí algo filoso y duro en mi
espalda. «Bueno chavo, me das tu billetito». Sin pensarlo dos veces, saqué el billete de mi bolsillo. El tipo
todavía me bolseó para ver si no traía algo más. Y ya no sentí más el cuchillo
en mi espalda.
Al escuchar los pasos apresurados del ladrón, noté que se le salió algo.
Al caer, se fragmentó, cayó con un sonido seco. Tan sólo vi pedazos de una
tortilla tirada en el polvo. Una tortilla toda tiesa y angulosa. No me quedó
más remedio que entrar a mi casa, saludar a mi abuelita y tirarme sobre el
catre. Espero que el polvo se vuelva invisible de nuevo, para seguir aguantando
mi vida de barrio. Tendré que seguir vendiendo comida en el centro y aguantando
este polvo. Como dicen en mi pueblo: «a falta de pan, tortilla».